El liberalismo es un patrimonio del pueblo colombiano

Hace muchos años cuando empezaba a hacer política en Antioquia, en el municipio de Bello particularmente, el liberalismo era un movimiento impulsado por un grupo de líderes –mayores, buena parte de ellos- con reconocimiento en el ámbito nacional y departamental, que reproducían los usos tradicionales del liberalismo: el discurso político-ideológico, el mantenimiento de liderazgos convencionales y la obtención de espacios de representación popular. En ese escenario, los que éramos jóvenes en ese momento empezamos a ocupar espacios importantes, pero implementando nuevas formas de hacer política con una mirada puesta en el porvenir, en medio de un contexto político y social que así lo requería.

 

En aquél entonces, la razón de ser del nuevo camino que emprendimos era la creencia de que podíamos promover una renovación en las filas del partido, teniendo como base el convencimiento de que el liberalismo le pertenece a las personas. Entendimos lo que leí tiempo después en el libro “Política para la Gente” de David Mathews, que participamos porque existe la posibilidad de realizar y presenciar el cambio, y que esa posibilidad no es otra cosa que una sensación de que al asumirlo como un proyecto personal las cosas se pueden hacer diferentes.

 

Esa misma idea nos sigue acompañando hasta ahora y guía nuestro accionar en los espacios donde nos encontramos. Por esta razón, siempre he creído – con el respeto que mi partido se merece- que desde el análisis histórico hemos reducido el liberalismo a un conjunto de ideas en las que pocas personas creen, cuando en realidad es un modo de pensar que está más vivo que nunca y que nuestro compromiso es impulsarlo.

 

Entre otras razones para argumentar que el liberalismo es patrimonio del pueblo, está que no hay problemática social actual que no suponga una reflexión desde las ideas liberales enraizadas en la social democracia, a saber: los paros cívicos, las consultas populares que se realizan para decidir el destino de los territorios a raíz del influjo de la maquinaria mineral, los diferendos limítrofes que ponen en entredicho la soberanía sobre el territorio, las reformas políticas y tributarias, la defensa de los derechos de los pensionados, lo trabajadores y las parejas del mismo sexo, entre otros.

 

Para finalizar, quiero destacar que ante el peligro de fragmentar el pensamiento liberal e incluso someterlo a los intereses propios de las coyunturas electorales, a los liberales (políticos y no políticos) nos hace falta más calle, más tiempo con las personas y menos tiempo en las oficinas, levantar la voz cuando consideremos que así debe de ser para defender los intereses colectivos y ocupar espacios de deliberación y decisión para que los derechos de las personas sean respetados. Sólo de ese modo el liberalismo estará vivo, seguirá siendo una opción de poder, se constituirá en un patrimonio para el pueblo colombiano, será sensible a los destinos que depara el futuro mismo de la sociedad y anticipará los problemas del país para prever sus posibles soluciones.

 

 

Por

John Jairo Roldán Avendaño

Representante a la Cámara por Antioquia